Volcanes que todavía respiran calor, playas de arena dorada, viñedos que crecen sobre ceniza negra y la huella imborrable de César Manrique en cada rincón. Reunimos los nueve lugares que consideramos imprescindibles, con la información práctica que necesitas para organizar tu visita.
En el corazón de Lanzarote se extiende uno de los paisajes más singulares de Europa: un mar de lava petrificada nacido entre 1730 y 1736, cuando una serie de erupciones sepultó buena parte de la isla y dio forma a las Montañas del Fuego. Hoy, el parque protege más de 50 kilómetros cuadrados de conos volcánicos y coladas que, a apenas unos metros de profundidad, siguen conservando un calor que sorprende a cualquier visitante. La visita incluye el Centro de Visitantes de Mancha Blanca, las célebres demostraciones geotérmicas —donde el calor natural del subsuelo hace arder ramas de matorral en segundos— y la Ruta de los Volcanes, un recorrido en autobús de unos 35 minutos entre cráteres con vistas que parecen de otro planeta.
Cuando César Manrique transformó este tramo del tubo volcánico de La Corona en un espacio de arte y naturaleza en 1966, redefinió para siempre lo que podía ser un espacio turístico en Lanzarote. Jameos del Agua combina un lago subterráneo de aguas cristalinas —hogar del diminuto y singular cangrejo ciego albino, símbolo de la isla— con jardines tropicales, una sala de conciertos excavada en la roca y una piscina que parece flotar entre paredes volcánicas. Todo lleva la firma inconfundible de Manrique: piedra volcánica conviviendo con líneas blancas y curvas orgánicas. Una parada ideal para combinar con la cercana Cueva de los Verdes, con la que comparte el mismo túnel volcánico.
A escasos minutos de Jameos del Agua, y dentro del mismo túnel volcánico formado por la erupción del volcán de la Corona hace miles de años, se esconde uno de los tramos más espectaculares del subsuelo de Lanzarote. La visita guiada recorre cerca de un kilómetro de galerías con juegos de luz que multiplican la sensación de profundidad, cámaras que en su día sirvieron de refugio a la población de la isla frente a ataques piratas, y una acústica tan particular que el tramo final se ha usado incluso para conciertos. El recorrido se completa a pie y es apto para toda la familia, aunque conviene llevar calzado cómodo: el terreno es irregular y el interior es notablemente más fresco que el exterior.
En el extremo más septentrional de Lanzarote, encaramado a más de 400 metros sobre el nivel del mar en el Risco de Famara, el Mirador del Río ofrece una de las panorámicas más fotografiadas de todo el archipiélago canario: el estrecho de El Río, la isla de La Graciosa y el resto del Archipiélago Chinijo extendiéndose hasta donde alcanza la vista. Otra obra de César Manrique, el mirador se integra por completo en el acantilado, con ventanales que enmarcan el paisaje como si fueran cuadros. Es una parada perfecta para combinar con la Cueva de los Verdes y Jameos del Agua en una misma jornada por el norte de la isla, y un lugar especialmente recomendable para ver el atardecer.
Si Lanzarote tuviera que elegir una postal, probablemente sería esta: calas de arena dorada y fina, aguas de un turquesa casi transparente y acantilados bajos que las resguardan del viento, en el extremo suroeste de la isla, dentro del Monumento Natural de Los Ajaches. Papagayo no es una única playa, sino un conjunto de pequeñas calas a las que se accede por una pista de tierra desde Playa Blanca, con un pequeño peaje gestionado por el Cabildo que ayuda a preservar el entorno. Conviene llegar temprano en temporada alta, llevar agua y protección solar —los servicios son escasos— y calzado adecuado para la pista de acceso.
En pleno centro de la isla, un paisaje que a primera vista parece hostil y estéril esconde uno de los secretos mejor guardados de Lanzarote: bajo la ceniza volcánica negra, cientos de pequeños hoyos circulares protegidos por muretes de piedra —los célebres zocos— cobijan cepas de uva malvasía que llevan siglos produciendo vinos de una personalidad única. La técnica, desarrollada tras las erupciones del siglo XVIII, aprovecha la capacidad del picón volcánico para retener la escasa humedad nocturna y proteger las plantas del viento. Bodegas como La Geria, una de las más antiguas de la isla, ofrecen catas y visitas guiadas por los viñedos, además de venta directa de vinos con Denominación de Origen Lanzarote.
A los pies del imponente Risco de Famara, el acantilado más alto de la isla con más de 600 metros en su punto máximo, se extiende una playa de casi siete kilómetros que es, con toda probabilidad, el epicentro del surf en Lanzarote. Famara reúne olas consistentes durante todo el año, aptas tanto para quien empieza como para quienes buscan retos mayores, y un puñado de escuelas locales donde tomar las primeras clases. Más allá del surf, el pueblo de Caleta de Famara conserva un ambiente auténtico y desenfadado, con buenos sitios para comer pescado fresco frente al mar, y sirve como puerta de entrada al Mirador del Río y a La Graciosa, visible en el horizonte en los días despejados.
En la costa oeste de la isla, el pequeño pueblo pesquero de El Golfo esconde uno de los rincones más fotografiados de Lanzarote: el Charco de los Clicos, una laguna de un intenso verde esmeralda alojada en un cráter volcánico semierosionado por el mar. El color, tan particular, se debe a un tipo de alga que prospera en sus aguas salobres, y el contraste entre el verde de la laguna, el negro de la arena volcánica y el azul del Atlántico resulta sencillamente espectacular, sobre todo a media mañana con buena luz. Se admira desde un mirador de fácil acceso a pocos minutos a pie del aparcamiento, sin necesidad de contratar ninguna visita guiada. Aprovecha para comer en el pueblo: hay varios restaurantes especializados en pescado fresco.
La última gran obra de César Manrique en la isla, inaugurada en 1990, ocupa una antigua cantera de picón en el pueblo de Guatiza, en pleno corazón de la zona donde antaño se cultivaba la cochinilla. Un cactus metálico de ocho metros de altura recibe a los visitantes en la entrada, anticipando lo que espera dentro: cerca de 4.500 ejemplares de unas 450 especies distintas procedentes de los cinco continentes, distribuidos en terrazas escalonadas que aprovechan el desnivel de la cantera original. Como en el resto de intervenciones de Manrique, la piedra volcánica, el agua y la vegetación se combinan con una elegancia que convierte cada rincón en una composición casi escultórica, rematada por un molino de gofio restaurado y un restaurante con diseño propio.
Una isla que se disfruta tanto de cerca como desde la distancia.
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Fotografías: Playas de Papagayo, Viñedos de La Geria, El Golfo y Jardín de Cactus, banco de imágenes de Hommy Holidays. Mirador del Río © Edmundo Sáez (CC BY-SA 4.0) · Jameos del Agua y Cueva de los Verdes © H. Zell (CC BY-SA 3.0) · Famara © GerritR (CC BY-SA 4.0) — vía Wikimedia Commons.